Una sonrisa en Miami

 

No sé muy bien si este es el mejor título para este articulo pero tengo la mente algo atascada como resultado del madrugón (otra vez). Lo importante es lo que quiero transmitir. Espero hacerlo.

Al momento de escribir esto me encuentro en el aeropuerto de Miami. Suelo estar ocupando esta silla y esta mesa mientras espero el próximo vuelo. Casi soy como George Clooney en su película “Up in the air” pero en feo y con algún kilo más que él pero, a buen seguro, nada tengo que envidiarle en cuanto a gracia y salero.

Quienes de vosotros tengáis hijos (y quienes no aun, ya me entenderéis con el tiempo) sabéis que, sobre todo cuando uno empieza a viajar por motivos de trabajo y, también, cuando son pequeños, agradecen que a su regreso a casa, papá les traiga algún detalle. Claro, cuando uno se pasa media vida por ahí, además de que lo mío es hotel – aeropuerto – hotel y eso limita mucho las posibilidades, se va uno quedando sin imaginación a la hora de elegir entre las posibilidades que ofrece un aeropuerto. Lo cierto es que el de Miami ofrece muchas.

En los ya casi 4 años que llevo dedicándome a esto les he llevado alguna que otra cosa. Tampoco muchas porque entre las prisas y, como digo, la falta de imaginación, cuando no el “no tanto que los mal crio” ,hacia tiempo que salvo alguna revista o algún libro no regresaba con nada.

Hay una tienda en concreto que vende productos tipo spa, jabones, aceites y (perdón señoras) mar…as varias y diversas. Es decir, esas cosas que un anti metrosexual como yo jamás se plantearía ni usar. Había entrado muchas veces a echar un vistazo rápido pero nunca había llegado a comprar nada. En esta ocasión estoy viajando con un compañero de la empresa y buen amigo. Debe ser porque mi hija ya no es tan pequeña, ya mismo se me marcha a estudiar a la universidad y porque me entró la morriña y el tembleque de que la voy a ver de higos a brevas en los próximos años, pero la cuestión es que entré con el pensamiento en la cabeza de que “algo habrá aquí para mi hija”.

La dependienta…una señora de alrededor unos 35/40 años (si lee este artículo y es más joven espero sepa perdonarme aunque tengo preparada la excusa perfecta pero no pienso desvelarla porque son mañas ya de quien está próximo a los 48). Nos recibe, claro, en inglés y se ofrece a ayudarnos en todo lo posible y lo hace de forma correcta pero sin lo que vendría más adelante. Le pregunto por unas toallitas quita pintura de uñas (el cielo me perdone pero no tengo ni idea de si se escribe así o si denomina de otra manera) pero, y ahí empieza lo especial del tema, a pesar de que debió pensar que no iba a comprar nada porque no las tenía, me dio toda clase de indicaciones sobre donde encontrarlas fuera del aeropuerto y en donde, tal vez, podría encontrarlas aquí. La señora se desvivió literalmente.

Se dio la casualidad de que nuestro caminar por la tienda nos había llevado hasta la sección dedicada a las “teens” y me llamó la atención cierto artículo. Y antes de que le pudiera preguntar, con una sonrisa de oreja o reja me preguntó por la edad de mi hija. Por supuesto se lo dije. Hay que matizar que, honestamente, los productos no son caros y hay toda clase de cosas hechas por y para marcianos, de esas cosas que nosotros los “anti metrosexuales / cromagnones” nunca seremos capaces de entender ni a quien se le ocurrió inventarlo ni, mucho menos, quien puede llegar a usarlos.

Se me fue el hilo pero volvamos al punto. Empezó a enseñarme cosas. Creo que si yo fuera una chica de 17 años estaría encantada pero no es el caso. Es difícil explicar como lo hizo la señora pero con una amabilidad de esa que te tira de espaldas por lo NATURAL, con una sonrisa de oreja a oreja consiguió convencerme de las maravillas de (espero no dejarme nada):

•    Unos brillos labiales con sabores diferentes (creo que se llama así) Por supuesto presentados en un paquetito “lindiiiiiiiisimo”
•    Unos calcetines con aloe vera que, además de calentitos, hidratan los pies. ¿Cómo puede ocurrírsele a alguien inventar unos calcetines con aloe vera para hidratarle a uno los pies? Es, sin duda, un milagro.
•    Unos guantes con una suavidad tal que, igual, hidratan o relajan las manos. Aquí ya me pierdo. Sé que hacen algo pero no me atrevo a mirar la etiqueta
•    Algo más que tengo en la bolsa (monísima ella, por cierto) pero no me atrevo a mirar no sea que sufra un shock

Volvamos a la señora en cuestión. Soy español, claro. Habló de como le gustaba España donde tenía familia; que buena gente éramos los españoles y los mexicanos (le dijimos que vivíamos en México) y mil cosas más. Un encanto de señora. Nos contó que la tienda la iban a cerrar y en su lugar iban a abrir otro tipo de negocio. ¡Ah esa rentabilidad”. Incluso nos comentó que ella no cobraba comisión, que tenía un sueldo fijo. Fuera o no cierto, no resultó importante.

Cuando ya habíamos pagado (mi compañero también acabó comprando), y frente a otra clienta también de habla hispana, le dije “señora, con su permiso, tengo que darle un abrazo y un beso”, pase medio cuerpo sobre el mostrador e hice las dos cosas. El beso en la mejilla claro. A pesar de su edad y sus tablas…se sonrojó. No suelo hacer estas cosas. Bueno, nos las he hecho nunca pero tengo mis puntazos de vez en cuando y este fue uno de ellos. La otra clienta con una sonrisa también considerable, la vendedora sonrojada, mi compañero alucinado y entonces tuve que explicarle porque había hecho lo que había hecho.

Es sencillo. Simplemente le dije que yo trabajaba en turismo, que muchas veces (casi siempre), quienes amamos este loco mundo nuestro, vamos no un paso sino unos cuantos galopes más allá y que no siempre se nos reconoce ni la dedicación ni el excelente servicio/trato/amabilidad que prestamos. Y que a pesar de que es algo que llevamos grabado en nuestro ADN y que hacemos con enorme gusto y pasión, no dejamos de ser personas normales y corrientes a los que un gracias, un abrazo, una sonrisa o una simple palmada en la espalda nos alegra el día como a cualquiera y nos da esa energía extra que nos permite hacer este tipo de cosas sin esperar nada a cambio.

He visto gente muy dedicada, con pasión por el servicio pero, desgraciadamente, mucha “artificialidad”. Esta señora era natural. Puede que me equivoque pero para mi la excelencia en el servicio no está en aprender a repetir como un loro lo que cualquier manual medianamente decente contempla. Para mi la excelencia en el servicio estriba en hacer las cosas yendo ese paso, esa galopada adelante. Para mi cuenta mucho más esa sonrisa del tamaño del Bernabeu y la alegría y satisfacción de alegrarle el día a alguien que el servicio tipo “robot”.

Siento el rollo pero dado que hace tiempo que no escribía nada en nuestra web y dado que siempre me pongo como excusa la falta de tiempo, este rato aquí en el aeropuerto de Miami, y ahora que lo tengo fresco, me ha parecido tan bueno este tema como cualquier otro.

Muchas gracias por seguirnos. Por cierto, si alguien alguna vez siente la imperiosa necesidad de darnos un abrazo y un beso en la mejilla…que no se corte, por favor.

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5 Comentarios

  • Sorprendente una vez más, no porque no te conozca, sino por la sencillez e informalidad del post, aunque cargado de un mensaje muy importante hoy en día: la importancia de las habilidades innatas personales en el proceso de venta o comercial.
    Y, como ya he comentado en múltiples ocasiones, al final, el factor humano es lo importante.
    Excelente post, y me lo he pasado genial leyéndolo. Imaginándote abrazando a esa vendedora…=)

  • Gracies germá!

  • Muy bueno el artículo y muy divertido… y totalmente de acuerdo con el abrazo!!

  • Muy bueno el post y muy divertido!!

  • Muchas gracias Alex.

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